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Creación

  |   Inspiración, Internet   |   8 Comentarios

 

Crear es a partir de la nada, según la definición del diccionario de la Academia. Con su habitual humildad, Pablo Picasso dijo que «los buenos artistas copian, los genios roban». Romper con todo, poner tierra de por medio, incendiar el bosque, demoler y destruir para empezar de cero con la finalidad de crear una obra absolutamente original ¿es inútil? ¿Imposible?

 

Jorge Luis Borges o William Shakespeare son geniales no porque crearan a partir de la nada —al contrario, ambos cogen de aquí y de allá—, sino porque tienen voz propia, es decir, estilo. Borges, del que se dice que leyó todos los libros que constituyen lo que se conoce como Literatura Universal y que, cuando terminó, volvió a empezar, destila todas esas lecturas en sus escritos; su obra es una personal recapitulación. De igual modo, el poeta y dramaturgo de Stratford (del que se afirma que ni siquiera existió) recoge argumentos populares de su época para, a partir de ellos, construir sus inmortales monumentos dramáticos.

 

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Creación contemporánea

 

Hace unos meses escribí en mi muro de Facebook esta somera reflexión a raíz de una enconada disputa en Twitter generada por la aparición simultanea de dos exitosos e idénticos tuits por cuya creación pugnaban dos furiosos contendientes: «Al igual que gestos, hay menos ideas que personas, por lo tanto no es extraño que se dé la circunstancia de que un considerable número de individuos alberguen la misma idea —expresada en forma más o menos similar— en un lapso de tiempo breve, pongamos un día, o dicho de otro modo, lo que dura la actualidad. Un viejo amigo me contó que los chistes que todo el mundo cuenta, incluso los que cruzan fronteras físicas y lingüísticas, vienen de un mismo lugar: la barra de un bar anejo a una gasolinera en mitad del desierto de Almería en la que dos parados de mediana edad, solteros, residentes en los alrededores, pasan las horas acodados, bebiendo cervezas que nunca están lo bastante frías y pariendo, como quien se dedica exactamente a aquello para lo que ha venido a este mundo, las chuflas y chascarrillos que más tarde usarán las estrellas de las redes sociales para acrecentar su fama de líderes de la era pos opinión pública.»

 

Todos los días, incluso varias veces en un mismo día, surgen temas de actualidad acerca de los cuales cientos de miles de raudas e ingeniosas personas se lanzan a opinar, comentar, evocar, diseccionar y cachondearse. Desbrozando con cierta habilidad la inconmensurable catarata de tuits por minuto se hace evidente que hay menos ideas que personas, muchas menos, pero muchísimas menos.

 

Internet es un espejo fragmentado donde nos reflejamos milímetro a milímetro. La vida se convierte en un zapeo constante, un teatro líquido donde pugnamos hasta la extenuación por ser los más originales, modernos e ingeniosos, como si en alguna parte hubiera un contrato firmado que nos garantizase nuestro minuto de gloria virtual.

 

Cientos de miles de personas interaccionando sobre los mismos temas producen, digamos, casualidades de concepto. Además, ya lo advirtió Charles Baudelaire, «no se puede ser sublime sin interrupción». La cotidianidad en pijama raído que guardábamos celosamente para la intimidad del sofá, ahora se pasea impúdicamente de pantalla en pantalla, creando un muro inexpugnable o intrincado bosque que convierte en tarea de héroes con mucho tiempo disponible el discernir lo que importa de lo que no es ni siquiera accesorio.

 

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¿Pero existe la creación?

 

Vemos sin darnos cuenta. Las imágenes atraviesan ante los ojos como granos de nieve en la ventisca y el cerebro, siempre alerta, archiva datos que van quedando suspendidos en el limbo de la memoria para aparecer, más tarde, suscitando sorpresa, incluso alarma, pues recordamos algo que no sabíamos que sabíamos.

 

Este fenómeno bien pudiera ser el causante de lo que vamos a llamar «casualidad gráfica»: dos creativos sin ninguna relación entre sí y separados por miles de kilómetros producen sendos trabajos en los cuales se pueden apreciar más similitudes que diferencias. ¿Se puede afirmar, por tanto, que hay menos ideas gráficas que diseñadores? Dejó dicho el maestro Massimo Vignelli: «Se puede lograr la atemporalidad si se busca la esencia de las cosas y no la apariencia.» Esto sólo se logra anteponiendo la honestidad profesional a cualquier otra consideración, o dicho de otro modo, el estilo no lo define tanto la originalidad como la propia personalidad; y aquí está la clave, en tener estilo, en ser reconocibles. La inspiración existe, claro que existe, hay mil páginas que pretenden invocarla, sin embargo, hay que convertirse en un filtro que destile esas valiosas gotas de puro talento, único e intransferible, que todas y todos llevamos dentro. Y eso solamente se consigue trabajando.

AUTHOR - Vicente Ortiz

Redactor creativo, nombrador, poeta y, casi con total seguridad, uno de los dos o tres peores bailarines del mundo. Lee y escribe con cierta desenvoltura desde que era chico, por eso no puede evitar jugar con las palabras. Ha sido colaborador de prensa, ha participado en innumerables recitales poéticos, ha ejercido de gestor cultural y organizador de eventos, y es miembro de Sueltos, agrupación de experimentación escénica, con quienes ha escrito y estrenado cuatro espectáculos.

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