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Desdibujando. El lápiz de Bergman

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Desdibujando. El lápiz de Bergman es nuestro proyecto más personal y más querido hasta la fecha. Un experimento visual y poético que hemos tenido la oportunidad mostrar en público en dos ediciones consecutivas del MaF, y que comenzó a gestarse hace treinta años. 

 

Un dibujo hecho en clase por una niña de siete años llamada Ana en 1987 es el desencadenante de todo. Si ya es realmente especial que la profesora lo conservara durante casi tres décadas, más emocionante aún resulta el que, transcurrido todo este tiempo, la ya ex maestra se pusiera en contacto con su antigua alumna para «regalárselo».

 

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No es sencillo encontrarse de sopetón ante el niño que uno fue. No hay nada más libre, más ilimitado que la imaginación infantil, y verse frente a frente con ese yo del pasado, como si se tratara de otra persona, desata multitud de sensaciones que creíamos desaparecidas, pero que permanecen enterradas bajo gruesas capas de adultez. ¿Quién pudiera dibujar como un niño toda la vida?

 

Transcurridos unos meses, Cristina Consuegra incansable promotora cultural y, entre otras cosas, componente del consejo editorial de la revista cultural universitaria Paradigma se puso en contacto con Ana para que colaborara en el número dedicado a la «fragilidad». Inmediatamente aparecieron las conexiones con el dibujo. ¿Qué puede existir más frágil que la visión del mundo que poseen los niños?

 

El desarrollo que Ana creó para su dibujo, y que finalmente se publicó en el número de Paradigma, resultó realmente emotivo y expresivo. Y aún se podía ir más allá.

 

Como hemos dicho un poco más arriba, Cristina Consuegra es imbatible, y también es el alma del MaF. Málaga de Festival, evento cultural que nació como antesala al Festival de Cine Español de Málaga, pero que ya es mucho más que eso: una cita con la cultura independiente, autónoma, dinámica y muy sugestiva, con la que tenemos el placer colaborar desde 2014. De esta manera, aquel dibujo escolar acabo siendo la pieza central de una propuesta poética y visual a partir de la atmósfera de la obra de Ingmar Bergman. Una visión onírica de la familia a través de un texto —escrito por Vicente Ortiz y que transcribimos completo seguidamente— que el poeta lee en vivo y en directo mientras el dibujo se va desdibujando ante el espectador.

 

Desdibujando. El lápiz de Bergman

 

«El principio… Siempre el principio. Una quemadura. Un sobresalto. En el principio fue el verbo. Y después todo se llenó de sujetos. Sujetos volátiles. Sujetos informes. Sujetos sin predicado, sin atributos. Por todas partes. Rodeándome. Yo los miraba desde abajo. Sabía que no eran gigantes por cómo se comportaban. Aunque mi abuelo sí lo era, con sus modales de cascarrabias, como un gigante bueno -el sí-, un gigante aparatoso al que le gustaba cruzar las piernas en la iglesia, con gesto vágamente inconformista, porque los bancos de las iglesias no están hechos para que se sienten los gigantes.

 

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Yo soy una niña. La niña. Hablo con voz de niña, aunque os cueste creerlo, mi voz es la de una niña que mira a los ojos del fantasma de un niño muerto hace muchos años.

 

Un día me dijo Bergman… Sí, a mí… Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena. Por eso yo elijo mis miedos, mis silencios, mis gritos, mis susurros… ¿Que tengo voz de hombre? No os dejéis engañar por vuestra percepción: mi voz es la voz de la inocencia, sonata aun de primavera, manantial de mil doncellas… Entre el blanco y el negro, un millón de tonos del gris, un universo de esquinas.

 

En la casa hay un fantasma, lo que dije antes era cierto -yo no miento-, aunque no lo dibujé está ahí: no lo dibujé para no tener que dar explicaciones, pero él está ahí. En la casa vive el fantasma de un niño muerto hace muchos años. Murió cuando mi familia aun no vivía ahí. Y nunca aprendió a salir de la casa; nunca aprendió a estar muerto. Ni mis hermanas sabían nada del fantasma del niño. Nunca me atreví a confesárselo. Mi hermanas, mis otros yos. Mi espejos, sí, espejos… la literatura se ha llenado de espejos. Tantas veces me he buscado en ellas y me he encontrado. Un triángulo de luz: un triángulo secreto y una luz privada. Mi hermanas… pero no me atreví nunca a contarles mi secreto. Mis secretos. Mis dos grandes secretos. Una debe guardarse cosas para sí, esconderlas muy dentro… tan dentro que se te peguen a los huesos los pulmones el corazón las venas. ¿Cómo iba a contarles que yo sabía planear? ¿De qué manera les contaría que el niño muerto -del que no sabían nada excepto que era una vieja historia que se contaba en la familia- se asustaba al verme planear por la casa? No, hay cosas que es mejor guardarse.

 

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El principio, el parto, la llegada, el verbo… La historia que os cuento no empieza ni termina porque es sueño. No hay camino senda guía cauce huellas que seguir, porque es sueño, y los sueños son circulares, como la pista de un circo o una plaza de toros. Yo soy la niña que cruza entre fantasmas y sale indemne, pero otra. Siempre otra. Yo soy la niña que deshace el tiempo en fragmentos tan pequeños que rajan, tan pequeños que si te los tragas te crecerá un cactus en el estómago y tendrás que ponerle nombre a tu cactus y cuidarlo y alimentarlo hasta el último de tus días. El tiempo es un cactus que clama por ser abrazado. El tiempo es un engaño… la casa se queda desierta, flotando en una sustancia pegajosa y traslúcida. ¿Adónde iremos a parar? ¿Nos libraremos del frío helador? ¿Seremos como el niño que nunca aprenderá a estar muerto?

 

El principio. Promesas hechas muy al alba, promesas, promesas, esqueletos, humores y tropezones. “La casa tiene gente”. Yo sabía planear. Planeaba como una hoja de papel atrapada en el viento. Aun lo hago a veces, cuando la montaña se hace demasiado escarpada, cuando siento que las fuerzas salen huyendo, planeo silenciosa y ligera como un pétalo. Una noche, iba planeando por el pasillo de la casa cuando vi al fondo al niño muerto, traslúcido como un fotograma, de pie al fondo del pasillo con sus ropas de museo, pantalones cortos, camisa bordada y chaquetita de terciopelo, y el pobrecito se asustó tanto al verme flotando en mitad del pasillo que salió corriendo a través de la pared y el remolino de polvo que levantó hizo que un jarrón que había sobre un aparador saliera despedido y acabara estallando contra el suelo en una estrepitosa queja hecha añicos. Para no culpar al pobre niño dije que había sido yo, que iba corriendo despavorida hacia mi cama por miedo al fantasma. Mi abuela me recordó -con su voz sabia y tranquila- que a los fantasmas que hay que temer son los de carne y hueso, que son los más dañinos.

 

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La gente tiene dormitorios. En los dormitorios se escenifican las mayores tragedias. De niña me preguntaba a menudo cómo sería eso de compartir cama con alguien que no fuera de tu propia familia. Compartir la intimidad caliente con alguien desconocido. No sabía si quería saberlo. El niño nunca entró en mi habitación. Era muy tímido. Yo le tenía miedo; había elegido tenerle miedo. Solo un poco de miedo, por un extraño mecanismo de la mente sospechaba que tener un poco de miedo puede salvarte la vida, y de entre todo lo que me rodeaba elegí temer al fantasma del niño muerto. Y él me tenía miedo a mí. Una vez se quedó mirando mi rodillas magulladas y sus ojos de vapor no pudieron evitar un temblor como de cascada o llama de vela. Se miró las rodillas de humo y estoy segura de que en ese momento me envidió por sentir el escozor de la herida en la piel. Nunca salió palabra de su boca. Sin embargo se comportaba como se supone que deben comportarse los muertos, tantos años le habían proporcionado una experiencia que él mismo ignoraba. Se movía despacio y podía atravesar paredes y puertas cerradas. Excepto cuando se asustaba al verme planear. Eso le aterraba, salía disparado a esconderse donde se esconden los fantasmas.

 

En los dormitorios se escenifican las mayores tragedias. Pero a quién le interesan las tragedias cuando se puede martirizar beatas. Esto que os voy a contar ahora es un secreto. Por favor, no se lo digáis a nadie. Por favor. A veces me escondía debajo de un coche en la calle que iba hacia la iglesia del pueblo. Esperaba a que pasaran, cogidas del bazo, un grupo de viejas señoras camino de misa, y entonces, con un gancho que me había encontrado en un viejo molino en ruinas, le ponía la zancadilla a la que pasaba más cerca de mi escondrijo, e inevitablemente, todas caían al suelo como naipes, como fardos, con una sinfonía de alaridos y chillidos. Yo aprovechaba la confusión para deslizarme bajo el coche y desaparecer como un gato invisible. Salía corriendo hacia la casa y al llegar, viéndome la carita de haber roto solo los platos justos, hubiera resultado inverosímil cualquier acusación de las beatas trastabilladas hecha contra mí.

 

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La memoria es flexible, mentirosa, volátil, caprichosa. La memoria es un no-lugar o un dolor intenso, un escalofrío, un respingo. La memoria es experta en cuentos y disfraces y espejos cóncavos.

 

Los dormitorios tienen muñecos. Nada tan real como el dolor. El dolor de una presencia fantasmal que sobre todo es ausencia. Otra clase de fantasma: un monolito de egoísmo e incomprensión. Una voz oscura, pastosa y ronca al final de un hueco negro. Un grito de simio en un escenario a oscuras. Nada tan real como el dolor. El gran simio es una mancha borrosa y grasienta en una camisa vieja con las iniciales grabadas. El gran simio apenas existe, su zarpa… una canción vulgar, tan vulgar que apenas importa que esté desafinada… su zarpa… no… su zarpa no existe. Los muñecos son de los niños y los niños son de los padres. Los padres… los niños SON de los padres… son, de ser… no, yo soy, simplemente y arduamente y dolorosamente y contundentemente SOY.»

 

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AUTHOR - Brigada Estudio

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